En un tiempo que nunca fue presente, distorsionado e incalculable, dos formaban uno sólo enredados en el caos.
La necesidad de un poco de orden hizo que lograran separarse, quedando agitados por el esfuerzo, él flotando sobre ella. Descubrieron que esto era agradable y así permanecieron, conectados por el beso del horizonte y enredados en un abrazo casi circular durante más tiempo del que nosotros podríamos registrar.
En ellos mente y cuerpo eran una sola cosa indistinguible. Ahora que habían logrado darse un espacio a cada uno, necesitaba una guía del otro para saber bien qué era qué en quién, porque haber estado unidos hasta revolverse los confundía. Ella unió todos los puntos brillantes en el fondo oscuro de su complemento y a él le llamaron la atención todas las cumbres altísimas de ella. Poco a poco fueron dibujando las formas, y llamaron a éstos mapas constelaciones. Todas esas figuras de líneas imaginadas, unidas por la creatividad del otro, tenían como vértices en el nacimiento de cada ángulo, una idea o pensamiento.
Los dos se ven a sí mismos en el reflejo de su contrario, en el que tristemente es imposible separar sus propias luces de sus sombras. Ninguno sabe que el otro lo ha marcado y estudiado, pero se miran en el inmóvil silencio de las noches. Pensativos y fascinados en la contemplación de las constelaciones, no notan que, en lo más profundo, se agitan con el conocimiento de que lo que más aman de ellas los dos, es en realidad todo lo que las rodea y las rellena. Todo lo que es hermoso sin llamar la atención. Todo lo que parece menos importante…
Mariana
En tiempos antiguos (cuando los ojos veían puros colores ciegos) el cielo estaba lejos, las estrellas se perdían en rostros mirando hacia abajo. El carisma de las flores se oscurecía bajo la luz de una luna invisible.
El mundo era blanco y negro, los animales tomaban agua de lagunas frías y serias, agua casi congelada que llenaba sus ojos de lágrimas secas y una absurda nostalgia. Extrañaban lo que no conocían, lo que no existía…
En el horizonte se escondía una tenue luz morada que adivinaba las negras siluetas de los árboles.
-¡Miren!, ¡a lo lejos!, ¿la ven? -decían los viejos árboles, sólo ellos podían recordar aquel verde que llegó a cubrir sus cuerpos en otros tiempos.
A pesar de las esperanzadas palabras de los árboles, los animales nunca levantaban la mirada…
-¡Vendrá la luz!, ¡los colores!
Pero era inútil, la luz y los colores pertenecían a vidas pasadas, y a sonrisas ya olvidadas. Ahora las estrellas estaban calladas.
Los animales seguían sus propias sombras y se alejaban de la luz.
Me encontré reflejado en ríos negros, el reflejo era falso y las palabras eran viento sin rumbo. Los ríos negros fluían y las palabras no…
El mundo era un oscuro conjunto de mares vacíos y cielos inconstelables.
En ese entonces yo pretendía que todo estaba bien, mis vacías manos se cerraban atrapando las palabras que resbalaban como agua sobre la tierra que dormía. Yo no caminaba, yo permanecí sentado en la cima de la montaña más alta, observando todo…
La invisible luna me explicó:
-Nubes enteras de estrellas han bajado al mundo para buscar ser vistas, se incrustaron en el cuerpo de una flor enamorada de mí.
Algo en esas últimas tres palabras despertó un angustiante sentimiento en mí, fue esa noche cuando decidí bajar por primera vez.
-Flores, ¿dónde puedo encontrar flores? –le pregunté a todo animal que se cruzó en mi camino. Pero nadie decía nada… Los árboles (ya también callados) me miraban desde lo lejos con extrañeza, pues yo era el único ser que caminaba hacia la luz. Llegué a donde estaban, ya no había animales…
-¿Saben dónde puedo encontrar flores? –les pregunté buscando sus rostros, eran muy altos. Un enorme silencio nos envolvió hasta que…
-¿Quién eres tú?, ¿Qué haces aquí?, ¿Porqué no estás huyendo como todos los demás?
-Estoy buscando a una flor, la luna dice que las estrellas se incrustaron en ella… ¿la han visto?
-Las flores ya no existen –me respondieron con un tono burlón -, regresarán cuando regresé la luz, a menos que…
-¿A menos que qué?
-Qué la luz ya esté llegando –me dijo uno de los árboles más altos mientras los demás susurraban emocionados -… aunque no lo creo, todavía se ve muy distante…
- Si yo estuviera buscando una flor, caminaría hacia la luz –me dijo el árbol que estaba más cerca de mí.
-Gracias, muchas gracias –les dije a todos. Busqué el punto más luminoso del horizonte y comencé a caminar.
Con el tiempo, una figura blanca en el morado cielo comenzó a hacerse visible, era la luna.
-¿Luna?, ¿eres tú?
La luna permanecía callada mientras sonreía maternalmente hacia algún lugar lejano, el cielo era mucho más claro ahora…
-¿Dónde está la flor?, ¡Quiero verla!
Empecé a caminar cada vez más rápido, la luna empezó a perder su sonrisa.
-¿Porqué no me hablas? ¿Acaso la estás escondiendo? –le dije retándola
-Nunca debí de mencionarla, te veías tan solo, tan triste… -me dijo en una voz muy baja, ahora estaba totalmente seria.
-¡Dime dónde está! ¡Por favor! –grité corriendo
-¡Nunca la encontrarás!, ¡regresa a donde perteneces! –me dijo con una voz mucho más fuerte.
El morado se comenzó a disolver en un hermoso azul. La luna comenzó a entristecerse al ver que me acercaba cada vez más a la luz.
Seguí corriendo hasta llegar al pie de una montaña y comencé a subirla. Me esperaba una deslumbrante luz en la cima.
El día en que conocí a la flor, las constelaciones de sus lunares señalaban al cielo. Cuando anocheció, pude tocar las estrellas con mis labios. La absurda nostalgia que guardaba en mi garganta se convirtió en una sonrisa y bajó hasta mi pecho. Ahora el mundo eras tú y una paleta de colores imposibles…
Mis manos te robaron una estrella, ahora nunca estarán vacías.
Nicolás